Críticas

Reseña | Mary Poppins Returns: Vuelve la Disney de los 60

12-12-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

La saga de libros de Mary Poppins, de Pamela Lyndon Travers, comprende 8 novelas independientes, publicadas entre 1934 y 1988. En ellas, la misteriosa niñera-bruja que da título a la colección vive distintas aventuras mientras cuida a diferentes niños, a veces relacionados con los anteriores, a veces no. La primera entrega de la saga fue adaptada al cine en la célebre película de 1964, con Julie Andrews y Dick Van Dyke. Pero el personaje de Mary Poppins era tan distinto en la película al de la novela que a Travers no le sentó nada bien y se negó a dar permiso para que se adaptasen al cine el resto de entregas mientras ella viviera. Pamela murió en 1996 y ahora, en 2018, por fin se ha podido adaptar a la gran pantalla la segunda novela de la saga,Mary Poppins Returns (1935), que en este caso sí es una secuela directa de la primera.

La historia en este caso gira en torno a los dos niños de la primera entrega, Jane y Michael Banks, que ya son adultos. Michael es un viudo con tres hijos y cargado de problemas económicos en plena era de la Gran Depresión, cuya familia necesitará una vez más la ayuda de su antigua niñera, que a día de hoy aún no tenemos claro si es una bruja, un hada o un Timelord.

Es una película para niños, al más puro estilo de los clásicos Disney de imagen real de los años 60, como la Mary Poppins original, La Bruja NovataChitty Chitty Bang Bang y demás grandes mitos infantiles de entonces. Recuerda poderosamente a aquella época cinematográfica, tanto en el plano visual como en el tipo de historia contada. Si estáis buscando una obra adulta, profunda y oscura como las de ahora, ya os podéis ir a ver una de Nolan. Mary Poppins Returns es como siempre debieron de ser las películas infantiles: tonta, divertida y alegre.

Sí, también tiene su leve trasfondo de drama social muy suave y sutil, para que los adultos que la vean puedan reflexionar un poco –la historia transcurre en la época de la depresión económica, hay banqueros despiadados y una de las protagonistas es una sindicalista, así que ya os podéis imaginar por dónde van los tiros-, pero esto se muestra a un nivel muy, muy secundario, como en su día se mostraba la lucha feminista de la madre de los Banks o la pobreza de las calles londinenses frente a la opulencia del banco.

La trama no es nada del otro mundo y sus escasos giros de guión son altamente previsibles desde el minuto uno pero, de nuevo, es una película para niños que no pretende trastocar la mente del espectador, sino simplemente hacer pasar un rato entretenido a los más pequeños.

La estética visual y la ambientación de la época –en este caso, el Londres de los años 30-, como suele suceder en las películas de Rob Marshall, está muy lograda y se le nota mucho mimo y atención al detalle, para asegurarse de que nos sumergimos de lleno en la historia por completo. Tanto, que casi estaba esperando ver a David Tennant y Billie Piper saliendo de una cabina azul para echar una mano a esos hambrientos niños londinenses.

En algunos momentos, sin embargo, se emplea una estética más creepy, casi de película de terror, que se sale de tono y, aunque visualmente sea espectacular, puede resultar un cierto problema en una película que se supone que está dirigida a niños. En la escena de la primera aparición de Mary, al principio de la cinta, pensaba que estaba viendo un nuevo remake de It, con ese niño pequeño de mirada siniestra –que encima se llama Georgie– corriendo tras su cometa en medio de un huracán y con una música lúgubre que sólo puede acompañar a la aparición de un payaso asesino, más que a la de una niñera entrañable. Afortunadamente, esos momentos son escasos en la película y no creo que vayan a traumatizar a ningún niño. No mucho, al menos.

Tenemos las inevitables escenas de animación, como sucediera en los clásicos Disney de los 60, que constituyen una grata sorpresa, ya que están realizadas íntegramente en 2D y con un estilo tradicional de las películas de aquella época, con sus animalitos parlantes en la campiña inglesa que parecen sacados tal cual de La Bruja Novata. Estoy seguro de que, si nos fijamos bien, algunos de ellos deben ser claras referencias a aquellas obras.

Del reparto es difícil tener alguna queja, en este caso la directora de casting, Tiffany Little Canfield, se ha lucido. Era difícil encontrar a alguien que diera la talla de Julie Andrews, pero Emily Bluntcumple su papel a la perfección. El personaje de Mary Poppins en sí, no nos engañemos, es bastante repelente e insoportable, la típica institutriz británica estirada y tiquismiquis al estilo Señorita Rottenmeyer de Heidi. Si no tuviera superpoderes de bruja y llevase a los niños a hacer cosas divertidas de vez en cuando, ningún niño del mundo la aguantaría. Pero Blunt ha sabido captar esta personalidad ególatra y repipi del personaje como lo hizo Andrews en la original. Lin-Manuel Miranda, que interpreta al lamparero Jack, tiene un asombroso talento para cantar a velocidades inimaginables que harían retorcerse de envidia a cualquier rapero.

Ben Wishaw –quizás lo recordéis por interpretar a Q en Skyfall- es Michael, el niño orejón de la película original, y su parecido con éste e incluso a ratos con el padre de los Banks es asombroso. En serio, miradle bien los ojos. Emily Mortimer como Jane Banks es uno de los mayores aciertos de la película y es una verdadera pena que no tenga un papel más principal y que casi todo el peso recaiga en su hermano. Es una nueva versión de su madre, la activista sufragista, pero en este caso es una sindicalista convencida que lucha por los derechos de la clase obrera. Meryl Streep como la prima rusa de Mary es divertidísima, mostrando esa vena cómica suya que siempre agradecemos. Losniños lo hacen muy bien, aunque el pequeño Georgie resulta bastante terrorífico –¿por qué habla, mira y se mueve como un adulto enfadado? Da la sensación de ser un hechicero de 200 años encerrado en el cuerpo de un niño, que de un momento a otro va a empezar a girar la cabeza hablando en arameo con voz de Kiefer Sutherland-. Y en cuanto al villano de la película, pues esColin Firth, ¿qué más hace falta saber? Este señor nunca hace nada mal. Mención especial también a la breve aparición de algunos apreciados secundarios de la película de 1964, como el almirante Boom –el vecino loco que disparaba cañones desde la azotea– y su ayudante el Señor Bitácora.

Aparte de los ya sabidos y anunciados cameos, como el de Dick Van Dyke, hay otro totalmente inesperado hacia mitad de la película, con una de las actrices originales –no diré cuál– que ni siquiera aparece en los créditos ni en la ficha de IMDB y que, si no llega a ser porque me dio la sensación de que aquella escena tan gratuita podía ser un cameo y busqué una foto de la actriz en cuestión para ver qué cara tiene hoy en día, no lo habría podido detectar.

En esta entrega de la saga, los deshollinadores son sustituidos por los técnicos de las lámparas de aceite de las calles de Londres, los lampareros, que vienen a jugar el mismo papel. Tienen incluso una coreografía que recuerda poderosamente a la mítica de las chimeneas, aunque la canción que la acompaña diste mucho de ser tan genial como el mítico “Chim Chimney” de entonces. Y es que Rob Marshall –Chicago, Into the Woods– tiene una gran maestría dirigiendo musicales y sus coreografías nunca defraudan.

Y hablando de canciones, aunque no estemos ante un remake sino simplemente una adaptación de otra de las novelas de la saga, es inevitable compararla con su predecesora en ocasiones, sobre todo estando tan llena de pequeño guiños a ésta. Las canciones de esta nueva entrega de la saga no son a priori tan carismáticas e inolvidables como las del capítulo anterior, excepto quizás un par de ellas que son algo más pegadizas. Pero claro, esta apreciación puede ser subjetiva porque, inevitablemente, todos hemos crecido con la Mary Poppins de los años 60. Quién sabe si dentro de 50 años la gente recordará las canciones de Emily Blunt como ahora recordamos las de Julie Andrews. A este respecto cabe recalcar el acierto con que, en ciertos momentos en que algún personaje hace mención a algo que pasó en la entrega anterior –la señora de las palomas, lo desordenados que eran Michael y Jane de pequeños, cosas así-, suena brevemente y de forma muy sutil una versión instrumental de las canciones de la anterior, listo para provocar ese puntito de nostalgia hacia una película que marcó a gran cantidad de generaciones de niños, desde 1964 hasta ahora.

Nos encontramos, pues, ante una película infantil sin pretensiones de profundidad, como las que se hacían antes, con el aire del cine de los 60 y un sello Disney muy fuerte. ¿Pasará a la historia como un clásico instantáneo? Es difícil saberlo: antes se hacían menos películas y era más fácil que una de estas características arrasara, ahora hay una oferta abrumadora de cine infantil y juvenil y es más habitual que una película pase desapercibida. Pero no será por falta de méritos. Mi recomendación es que, si tenéis hijos pequeños, les pongáis en casa la película original del 64 y luego los llevéis a ver esta nueva entrega, para que la disfruten al máximo posible.

Artículo de Jöse Sénder.

Críticas

Reseña | Joker: Quien ríe el último (Volumen 1)

11-12-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

En este tomo recopilatorio de las andanzas del Joker de principios de los 2000, nos encontramos ante una chocante irregularidad de un capítulo a otro en cuanto a calidad narrativa. Heterogeneidad causada en su mayor parte por el inmenso error de haber incluido toda una saga escrita por uno de los guionistas con menos talento de la historia del cómic: Chuck Dixon. Si analizamos fríamente la obra de este escritor, dejando de lado juicios de valores sobre su polémica figura, nos topamos con una marcada e indiscutible tendencia hacia lo simplemente lamentable. No se trata ya sólo de los habituales elementos misóginos y ultraconservadores que caracterizan la obra de Dixon, que están presentes a lo largo de toda la parte de este cómic escrita por él –incluso aunque la mayoría de veces no vengan a cuento de nada y parece que los haya metido con calzador para desahogarse y poder seguir persiguiendo su sueño utópico de un mundo anclado para siempre en la década de 1930-. Es que ya desde un principio sus diálogos parecen escritos en post-its desde el cuarto de baño, que ya es más o menos a lo que nos tiene acostumbrados. Una trama floja se puede compensar con unos diálogos brillantes. Pero eso es algo de lo que el bueno de Chuck no parece haber oído hablar.

Estoy de acuerdo en que en el mundo del arte es importante separar al autor de la obra y valorar su trabajo sin tener en cuenta su trasfondo personal, que no es justo juzgar una obra literaria por tu opinión sobre el autor. Pero, en el caso de Dixon, es realmente difícil leer algo suyo sin tener presente su polémica y condicionar nuestro juicio a ésta. El autoproclamado líder del movimientoComicsgate –una conocida iniciativa para erradicar la diversidad en el cómic, impidiendo a mujeres o a personas de razas no blancas poder dedicarse profesionalmente al arte de la historieta o ser siquiera representados en ésta– se ha convertido en una figura muy controvertida en la actualidad, debido a sus declaraciones de corte radicalmente intolerante y a su discurso de odio extremista Trump-style a todo lo diferente, provocando que acabasen por echarlo de la mismísima DC Comics por ser demasiado de ultraderecha –algo así como que te echen de Irlanda por beber demasiado, para entendernos-. Se hace una ardua tarea valorar su –ya de por sí deficiente– trabajo como guionista cuando conoces un poco su historia.

La trama central del volumen que nos ocupa –la miniserie “Joker: Last laugh”, de la que el resto de números que componen el tomo son complementos secundarios– gira en torno a un motín carcelarioorganizado por el Joker, que crea un suero que convierte a la gente en copias de él mismo y lo utiliza en todos los villanos que están encerrados con él en la prisión de máxima seguridad de La Losa. Un planteamiento harto interesante que podría haber dado mucho juego y complejidad psicológica de haber estado escrito por un buen guionista. Todos estaremos de acuerdo en que el Joker es un villano carismático, profundo y altamente interesante, uno de los mejores que ha dado DC y que por algo se ha convertido en uno de los más queridos por todos los fans. Por eso mismo, resulta chocante que alguien haya sido capaz de escribirlo de una forma tan insulsa, aburrida y desprovista de cualquier atisbo de carisma o gracia, pero Dixon se ha puesto manos a la obra y lo ha logrado. Por primera vez, alguien ha conseguido mostrar a un villano tan divertido como el Joker con el mismo nivel de interés que la historia de un funcionario de tráfico yendo a comprar el pan.

En cuanto al dibujo en toda esta primera saga central, lo más amable que se le puede decir es que es muy de la época. Pete Woods tiene un estilo muy de fanzine amateur de los 90 y los colores, que parecen pensados exclusivamente para causar una matanza de epilépticos a nivel mundial, no ayudan a disimularlo. Hay una escena, calcada de un capítulo de los Simpson, en que el célebre villano pasa en un minuto por las 7 fases del duelo cuando le dicen que se está muriendo –“yo qué voy a morir, yo qué voy a morir”– y que da la sensación de que tu primo de 14 años que tiene un fanzine de fotocopias grapadas con sus colegas haya querido hacer un imaginativo mash-up entre Homer Simpson y el Joker.

Afortunadamente, no todo es malo en este tomo, ya que muchos de los capítulos que acompañan a la trama central como complementos son exponencialmente mejores que ésta –que tampoco era muy difícil, la verdad-:

  • El número de Nightwing dibujado por el mucho más profesional Staz Johnson, por ejemplo, supone un salto cualitativo con respecto a Woods y un cómic casi disfrutable, pese al guión de Dixon.
  • Se incluye un breve episodio escrito y dibujado por Walt Simonson que resulta agradable a la vista y hace que todo valga la pena.
  • El episodio de Canario Negro, pese a ser también de Dixon, resulta algo más aceptable que la saga principal e incluso algo entretenido, debido a que se compone principalmente de mucha acción trepidante, con lo que apenas da tiempo a que sus extremadamente tópicos y olvidables diálogos –escasos, por suerte– nos estropeen la totalidad de la historia.
  • El dibujo de Roger Robinson para el episodio de Gotham Knights que se incluye hacia la mitad de este volumen, mucho más noir, así como el de Shawn Martinbrough en Detective Comics, mucho más indie, son interesantes y estéticamente tienen mucha calidad.
  • Y, sobre todo, incluye el Young Justice 38, con guión del mítico Peter David, que parece haber venido con la misión de salvar nuestro amor y respeto hacia los cómics después de que hayamos cometido el catastrófico error de haber leído algo escrito por Chuck Dixon. El capítulo de David es una delicia ingeniosa e inteligente, plagada de su característico humor metalingüístico, de ése al que ya nos tiene acostumbrados en Spider-Man, X-Factor o Hulka. Es además un capítulo dibujado por Todd Nauck, que también tiene un estilo muy de los 90, pero en el buen sentido: un amerimanga juvenil, fresco y desenfadado, pero comedido y agradable a los sentidos, sobre todo después de haber llorado de indignación ante las viñetas de Pete Woods.
  • Y el fugaz cameo del Batmito, la verdad es que hace ilusión.

La encuadernación de este tomo está muy cuidada y es preciosa de ver, como no se esperaba menos de la habitual gran labor editorial de ECC. La portada es una ilustración del legendario Brian Bolland, lo que se agradece enormemente después de haber visto los interiores de Pete Woods.

Estamos, pues, ante un tomo muy irregular, que recopila 18 cómics distintos cuya temática común gira en torno a una trama principal, la de los diversos supervillanos infectados por el suero del Joker y cómo cada uno de ellos afecta a la serie en la que participa. Una idea –a priori, llamativa y fascinante– a la que se saca mucho mejor partido en algunos episodios que en otros. Un tomo que contiene algunos capítulos bastante decentes e interesantes, pero que desgraciadamente quedan eclipsados por la insoportable y soporífera labor de Dixon en la saga central.

Un volumen recomendable para acérrimos completistas de las historias de Batman y todo su cosmos, de los que quieran tener hasta la última rareza relacionada con sus personajes, pero para muy poca gente más allá de eso.

Artículo de Jöse Sénder.

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Reseña | El Asombroso Spider-Man 142: Venom Inc

19-11-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

El volumen 142 de los mini-tomos del Asombroso Spider-Man contiene el más reciente crossover con Venom, la saga “Venom Inc”, publicada a medias entre ambas series en febrero y marzo de 2018 –fechas de USA, claro, en España acaba de salir-.

Continúa la impecable andadura de Dan Slott en la serie del trepamuros y no defrauda ni un solo momento. Para cualquier lector de cómics, Slott es uno de los pesos pesados del mundo secuencial, uno de los mejores guionistas de la era actual, un genio de los diálogos y los desarrollos de acontecimientos, como demuestra en esta divertida historia llena de conversaciones hilarantes sin dejar de lado una trama interesante y repleta de acción. Probablemente, uno de los mejores autores que hayan pasado por las páginas de Spider-Man. Ya lleva más de una década y, sinceramente, ojalá no se vaya nunca. Bueno, a no ser que se vaya para volver a escribir a Hulka, su obra cumbre indiscutible, entonces se lo permitiremos.

Es difícil seguir la pista a la vida de Spider-Man, debido a todas sus series propias, crossovers con otros héroes y participaciones en cómics grupales como los de Vengadores. Como breve introducción, al comienzo de esta historia tenemos a un Peter Parker que vuelve a ser pobre después de la quiebra de su gran empresa, ha vuelto al Daily Bugle y encima lo ha dejado con su más reciente pareja, Pájaro Burlón –bueno, lo han “medio dejado”, porque siguen compartiendo piso y por lo que vemos en esta trama de vez en cuando aún se dan algún homenaje, ejem-. Volvemos al clásico Spider-Man desgraciado y perdedor que los fans exigen tener siempre y protestan cuando las cosas le van un poco mejor –un poco sádicos, ¿no? Pobre hombre, dejadlo disfrutar de vez en cuando-. En este arco argumental, Spidey tendrá que aliarse con los diversos héroes simbióticos Eddie Brock, Flash Thompson y Manía– para hacer frente a un nuevo villano, Maníaco.

Hay que reconocer que, cada vez que tenemos una historia en la que tienen protagonismo los simbiontes, se nos presenta a Spider-Man como un verdaderocapullo intolerante que se niega en rotundo a darles un poco de confianza. Da hasta un poco de rabia, la verdad. Aunque eso causa momentos hilarantes como ése en que Flash le comenta que deje de tratar así al simbionte, que es un abusón, a lo que Peter responde “Increíble, Flash Thompson me acaba de llamar abusón a mí”. Mención especial a que el Spider-Man fusionado con un simbionte se comporta y habla de forma muy, muy similar a la de Masacre. Quizás nos sirva para poder describir al bueno de Wade Wilson cuando alguien nos pregunte quién es: “Imagínate cómo sería Peter Parker con un simbionte… insoportable, ¿verdad? Pues ése es Masacre”.

Quizás lo curioso de este cómic es que el propio Spider-Man tiene poco protagonismo y se lo comen otros grandes personajes que lo eclipsan por completo, como Flash Thompson, Manía o la siempre deslumbrante Felicia Hardy. Siempre se agradece la aparición de la Gata Negra y en esta saga está especialmente espléndida –aunque cuesta un poco seguir la pista de cuándo es buena, cuándo es mala y cuándo es… “caótica neutral”-. Se hace bastante hincapié en esta ocasión en sus poderes de manipulación de la suerte, similares a los de Dominó o los de Longshot, que muchos guionistas suelen olvidar. Es tremendamente divertido que, cada vez que la Gata aparece, el resto de héroes se vuelvan medio tontos por ella, como le pasaba a Iron Fist en el nuevo Defensores de Bendis. Hasta el simbionte de Eddie se pone romántico cuando ve a Felicia, y eso que no es más que un montón de moco negro asexuado del espacio. ¿Tendrá acaso la Gata Negra un superpoder secundario que seduce a todo aquel que se le acerca, como Spider-Woman? ¿O es simple encanto natural?

En cuanto a Venom, personaje central de la historia, confieso que no soy nada fan de él y que me aburre sobremanera cualquier historia en la que participe. Y me refiero a Eddie Brock, por supuesto. En cambio, Flash Thompson me parece un personaje interesante, divertido y del que nunca tengo suficiente. Por eso, esta historia podría haberme aburrido como acérrimo anti-fan de Venom, pero el maravilloso estilo de guión de Slott y el gran protagonismo de Flash –su primera aparición como el nuevo Anti-Venom blanco, espectacular– han hecho que ignore por completo la presencia de Brock y disfrute de una gran historia.

En el apartado gráfico, tenemos a Ryan Stegman, con un estilo visual muy impactante que recuerda al amerimanga noventero al más puro estilo Madureira, pero en una versión modernizada y más acorde con la época actual. En uno de los episodios, lo sustituye Gerardo Sandoval, con un estilo tan parecido al de Stegman que el cambio no molesta en absoluto. En ambos casos, sus hipérboles anatómicas y sus exagerados ángulos cortantes son una verdadera delicia visual.

El volumen se completa con una breve y simpática historieta de una página a cargo del mítico Fred Hembeck en la que Spidey hace alusiones humorísticas a cierto superhéroe de una editorial rival, conocido por ser oscuro, soso, con capa y cuernecillos. Ejem.

No estamos ante una de esas ocasionales tramas que cambian por completo la historia de Spider-Man, como la muerte de Gwen Stacy, la saga del clon o algunas otras historias puntuales. Pero tenemos una aventura divertida, interesante y llena de simbiontes variados dándose de tortas con nuestra araña favorita en medio de todo el fregado. Y encima escrita por el genio Dan Slott, lo cual la hace altamenterecomendable.

Artículo de Jöse Sénder.

Críticas

Reseña | Mocha Dick: una de ballenas

12-11-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

Francisco Ortega al guión y Gonzalo Martínez al dibujo nos traen esta nueva revisión de la leyenda real que inspiró el clásico atemporal de la literatura de Herman Melville, Moby Dick.

El viejo pastor Caleb Hienam rememora su juventud, en la que se enfrentó a la terrible ballena gigante conocida como Mocha Dick. En el siglo XIX, el joven Caleb se embarca en un barco pesquero con la misión de capturar a la temible bestia legendaria y allí traba amistad con un indígena llamado Leftraru, junto al que conocerá la amistad, los peligros de la naturaleza y las tragedias de la humanidad.

La historia tiene un estilo narrativo muy propio delromanticismo –no, no me refiero al “romanticismo” en plan Crepúsculo, sino al movimiento artístico decimonónico-, centrada en la idea de la pequeñez del ser humano frente a lo inconmensurable de las fuerzas de la naturaleza.

Se echa de menos tener a unos personajes algo más trabajados con los que puedas llegar a encariñarte, puesto que la obra está al servicio de la trama de la pesca de la ballena y se pasa muy por encima de los personajes y sus conflictos vitales. Pese a ello, el nativo Leftraru es un personaje interesante y da cierto juego, aunque podría dar mucho más.

El dibujo resulta un tanto amateur, pero es claro, conciso y sirve perfectamente a la historia que está narrando, sin dificultar su comprensión en ningún momento. La edición, a cargo de Planeta, es impecable y su portada es preciosa.

Mocha Dick es un cómic recomendable sobre todo para amantes de la historia, ya que hace hincapié en los indios Mapuche, su interesante historia, cultura y costumbres. Probablemente no sea una obra para todos los públicos, puesto que es difícil que atraiga a un lector que no sea un fanático de la temática –la pesca de ballenas– o de las curiosidades histórico-culturales.

Pero sin duda, si eres un fanático de Moby Dick, de las historias de pesca y de los rudos lobos de mar enfrentados al horror de la naturaleza salvaje que les supera con creces, es probable que devores esta novela gráfica al grito de AAARRRR, MARINEROS.

Artículo de Jöse Sénder.

 

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Reseña | Regreso a Perdición: El final de la saga más famosa del género negro.

9-5-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

En 2002, Sam Mendes llevó a la gran pantalla Camino a la Perdición, con Tom Hanks y Paul Newman, llamando la atención sobre la novela gráfica original de Max Allan Collins y garantizándole un gran éxito, como suele suceder cuando un cómic es adaptado de forma exitosa al cine.

En aquella ocasión se nos narraba la vida del mafiosoMichael O’Sullivan y, en esta tercera y –suponemos– última entrega de la saga familiar, se nos relata la de su nieto, Michael Satariano Jr. Nuestro protagonista consigue ser liberado de un campo de prisioneros en Laos y volver a Estados Unidos, después de haber sido dado por muerto por su familia durante años. Pero al volver se encuentra con que es el último superviviente de su linaje familiar –o eso le dicen– y que tiene que acogerse al programa de protección de testigos. Para que le dejen llevar una vida tranquila, antes tendrá que hacer unos cuantos encargos para el gobierno americano. Y sí, por encargos nos referimos, obviamente, a asesinatos a sueldo, atando cabos sueltos de operaciones encubiertas de la CIA aliada con la mafia, para acabar con cualquiera que pueda dar fe de dicha alianza apócrifa.

Esta nueva entrega está ambientada entre finales de la década de los 60 y mediados de la de los 70. Como sucediera con sus antecesoras, lo importante no es tanto la historia principal en sí –que es bastante sencillita, por no decir manida-, sino cómo Collins aprovecha para hablarnos del trasfondo histórico y sociopolítico de la época.

Vemos así, entre otros temas, el impacto que tuvo la guerra de Vietnam en la población civil; los últimos estertores del sistema de la mafia clásica de los años 40 y su obligada modernización encarándose más hacia el ámbito de los productores de Hollywood –y, la verdad, no podrían haber elegido mejor momento para hablarnos de la putrefacción y la vida turbia de algunos productores, con todo lo que se está descubriendo últimamente-; el shock que supuso el asesinato del presidente Kennedy y de su hermano; o la extrema corrupción del gobierno de los Estados Unidos.

El apartado gráfico corre a cargo de Terry Beatty –quién mejor para ilustrar un cómic de gángsters que alguien que se apellida como Dick Tracy-, que realiza un trabajo extraño y llamativo, en un punto difuso a medio camino entre el lápiz y la tinta, que puede chocar al principio, pero que facilita la lectura rápida del cómic.

Lo mejor de Regreso a Perdición es que, pese a ser una secuela, está enfocada como una historia independiente y se puede leer sin necesidad de conocer las entregas anteriores, que al fin y al cabo ya se resumen rápidamente en apenas un par de viñetas con todo lo que necesitamos saber para poder disfrutar de esta historia sin perdernos. Es la historia de un personaje nuevo, con unos antecedentes nuevos, con nuevos objetivos y nuevos obstáculos, no una mera continuación de algo que hubiera quedado sin cerrar.

Artículo de Jöse Sénder.

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Reseña | Crepúsculo de Howard Chaykin: Dioses en el espacio.

7-5-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

En los años 50 y 60, debido en parte al gran éxito del cine de ciencia-ficción que surgió como un síntoma de la paranoia anticomunista estadounidense, se pusieron de moda también en el cómic las historias de héroes espaciales. Historias inocentes, sencillas, infantiles y que pecaban de una ingenuidad tal que a día de hoy las miramos por encima del hombro y hacemos una mueca conmovida mientras pensamos “ay, criaturillas”. Los héroes del espacio que poblaban estas historias sencillas fueron cayendo en el olvido con el auge de los superhéroes y nunca más volvió a oírse de ellos.

Hasta que, en los 90, Howard Chaykin decidió recuperarlos. Y a la vez no. Chaykin creó una historia en la que rescataba a los santurrones espaciales de los viejos tiempos –Tommy Tomorrow, Manhunter 2070 y otros- y les daba la vuelta completamente, para dar pie a una obra fría, destructiva y poderosamente adulta. Recuerda a labor que realizara Gaiman por la misma época, rescatando héroes olvidados, pero en este caso enfocada al por entonces moribundo apartado espacial de DC.

En Crepúsculo –por favor, no confundir con cierta saga literaria del mismo nombre y una calidad infinitamente inferior-, se nos narra una epopeya futurista en que la humanidad se ha expandido más allá de las estrellas, ha alcanzado la inmortalidad y, con ella, la más absoluta y deleznable decadencia de su sociedad.

Con esta excusa, Chaykin aprovecha para hablarnos de temas como el racismo, la explotación sexual, las guerras por dinero, la lucha de clases y la bajeza del ser humano. Pero, por encima de todo, habla de la religión y de cómo el hombre siente una necesidad obsesiva de encontrar algo a lo que adorar, de cómo las antiguas deidades van cayendo en el olvido cuando encontramos otras nuevas que nos complazcan más.

La historia es compleja, llena de una cosmología tan rica en detalles y matices como densa y difícil de digerir. No es una lectura ligera para una tarde tonta, hace falta ponerle ganas y concentrarse para captar todos los hilos que conforman este inconmensurable tapiz cósmico e histórico. Pero, una vez dentro de la historia, vale la pena. Crepúsculo es, más que una simple miniserie de cómic en tres partes, un sesudo ensayo para la humanidad. Y esto inevitablemente no es apto para todos los estómagos, pero aquellos que disfruten con una historia complicada que abarca más de lo que tiene tiempo de contar disfrutarán como enanos.

El antiguo héroe perfecto Tommy Tomorrow se convierte aquí en un escalofriante villano de corte ario y neonazi, que pone la piel de gallina. Incluso los protagonistas, los “buenos” de la historia, tienen su lado turbio, nadie acaba de caerte especialmente bien en una historia que se empeña en contarnos que no existen los héroes y que todo el mundo tiene algo de villano en su interior. Excepto Brenda Tomorrow. Es imposible no amarla. Y además, sospecho que su impresionante parecido visual con Sigourney Weaver no es casual y que obedece a la cualidad de fan de los autores.

El dibujo de José Luis García-López es espectacular, como cabía esperar de él. Limpio, claro y a la vez capaz demostrar la suciedad y el hacinamiento de una forma realista y detallada. Sus portadas son verdaderas obras de arte. El color del interior del cómic es quizás un poco demasiado estridente y chillón para una obra de cariz más tétrico, pero los que leímos cómics en los 90 ya estamos acostumbrados a ello y esto no es nada en comparación con algunas otras obras de la época.

Estamos ante una obra para pensar, para conocer a fondo el comportamiento del ser humano en sociedad y horrorizarnos ante él. Una historia sorprendentemente adulta y oscura, para ser una obra de DC que no se encuentra enmarcada dentro de la línea Vertigo.

Os dejo con una frase del personaje con el nombre más impronunciable de la obra, F’Tatatita: “Eres bastante listo. Para ser un bípedo, quiero decir. Pero alguien que espera gratitud de un gato es un auténtico gilipollas”.

Artículo de Jöse Sénder.

Críticas

Reseña | Black Dog: Los sueños de Paul Nash (Dave McKean) – Cuando el arte imita al arte –

4-5-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

Dave McKean, ese genio eterno que no necesita presentación –y, en caso de necesitarla, bastaría hablaros de su trabajo en The Sandman y en prácticamente cualquier cosa que haya escrito Neil Gaiman-.

En esta obra, nominada al premio Eisner 2017 y que forma parte de la sección oficial del festival de Angoulême 2018, McKean se atreve a experimentar remitiéndonos a la vida del pintor surrealista Paul Nash (1889 – 1946), que plasmaba en sus pinturas deforma metafórica los horrores que vivió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pero lo más interesante es que, de todos los fragmentos de su vida en los que podría haber enfocado su relato, ha decidido centrarse sobre todo en las pesadillas que le atormentaban y que influían su arte.

Nash utilizaba los sueños y la magia surreal como vía de escape a su angustiosa vida, pero también como metáfora. Una metáfora tanto de los horrores a los que se enfrentaba como de la belleza de las pequeñas cosas, que reivindicaba para intentar mantener la cordura en un mundo que se desmoronaba a su alrededor a pasos agigantados. El perro negro que da título al cómic y que se repite incesantemente en los sueños de Nash simboliza la Gran Guerra, sí, pero también es un signo de lo inevitable, no sólo de la guerra sino del miedo, de la soledad, de la muerte.

McKean nos habla de algunos momentos de la vida de Paul Nash –los malos tratos que sufrió en un colegio privado, la muerte de su madre en una institución mental o el encuentro con su hermano en las trincheras-. Pero se centra sobre todo en el proceso onírico, en la influencia de éste en el arte y en la inevitable deformación de los recuerdos con el paso del tiempo.

El arte “transgénero” de Dave McKean es siempre espectacular, tan perturbador como precioso, con esa característica mezcla entre arte pictórico tradicional y collage digital. En esta ocasión, procura imitar relativamente el estilo surrealista del propio Nash, que concuerda a la perfección con su forma de hacer y que, lejos de limitarle a la hora de narrar, potencia más si cabe la épica artística del autor. Es capaz de combinar bonitas escenas bucólicas con otras de horror asfixiante, mientras alterna la acuarela más tradicional con el fotomontaje más rompedor, páginas estilo cartoon con splash pages surrealistas y sobrecogedoras.

Pero, pese al surrealismo que destila, la narrativa no se ve resentida, la historia se puede seguir visualmente sin problema y, aunque los textos son algo recargados, se deja leer sin problema. Las páginas mudas son probablemente las mejores en cuanto a fluidez de la narración.

Si acaso, el único fallo –menor– está en la traducción al castellano, que ha procurado que todo siga rimando después de cambiar el idioma y en ocasiones puede llegar a resultar un tanto forzado, dando que pensar cuánto habrán cambiado los textos originales para conseguir la rima.

Pero este pequeño defecto no molesta a una novela gráfica que, por todo lo demás, es tan brillante como cabía esperar de Dave McKean, el genio del arte de géneros cruzados, el tejedor de sueños pictóricos.

Artículo de Jöse Sénder.

Críticas

Reseña | El resto del mundo: Catástrofes a la francesa

2-5-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

“El resto del mundo” es una novela gráfica en la que Jean-Christophe Chauzy nos cuenta la historia de una familia que lucha por sobrevivir a una serie de catástrofes naturales que asola toda una parte de Francia.

Pese a que la historia pueda parecer el tópico de las películas de domingo por la tarde en Antena 3, la excelente narrativa de Chauzy la aleja del mencionado subgénero y la convierte en una obra muy a tener en cuenta. Un relato que podríamos definir como “una historia de guerra que no está ambientada en ninguna guerra”.

Su narrativa es clara, sobria y perfectamente comprensible, al más puro estilo europeo, aunque tenga momentos más caóticos que ayudan a meterse en la mente de la protagonista y a empatizar con la angustia que está viviendo..

Su estilo de dibujo manual combina lo comedido y nada excesivo en la tinta con la complejidad de texturas de la acuarela, lo que le confiere a su obra ese preciosismo visual tan característico del álbum francés. De escenas simples y planas puede pasar a espectaculares dobles páginas cargadas de dramatismo, tensión y violencia visual sobrecogedora.

Chauzy nos habla, mediante la historia de esta desdichada familia, de la desesperación ante la adversidad, de la maldad de la sociedad y de cómo el ser humano va perdiendo rápidamente su humanidad cuando se ve obligado a elegir entre la solidaridad hacia el prójimo y la propia supervivencia.

El álbum se queda en un prometedor continuará, que nos deja con un cliffhanger esperando saber qué ha sucedido a, como dice el propio título, el resto del mundo. Tocará esperar a la segunda entrega para saber qué les depara el destino a la protagonista y sus dos hijos.

Artículo de Jöse Sénder.

Críticas

Reseña | Ready Player One: Frikismo palomitero made in Spielberg

22-3-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

¿Qué pasaría si en lugar de fabricar chocolate, Willy Wonka hubiera sido el creador de World of Warcraft? Pues que tendríamos Ready Player One. Una película que podríamos considerar la adaptación milennial de Charlie y la Fábrica de Chocolate. Pero de la buena, no de la de Tim Burton –a este respecto, sólo cabe decir que Simon Pegg interpreta a un Willy Wonka infinitamente mejor que el de Johnny Depp-.

No entraré en temas de adaptación del libro, pero en términos de guión es una simple saga adolescente más, del estilo de Los Juegos del Hambre, el Corredor del Laberinto y toda esta hornada que en la presente década nos ha sobresaturado de chicos y chicas valientes que luchan contra regímenes opresores sin más arma que su bravura juvenil y el excesivo cariño que les tienen los guionistas. No destacará por su guión original y profundo. ¿Por qué destaca, entonces? Porque está pensada principalmente para enamorar a los frikis en general y a los amantes de los videojuegos en particular.

Lo más importante que debéis tener en cuenta es no dejaros engañar por la desafortunada campaña publicitaria alrededor de la película. En esta época en que lo que más vende es el revival de los 80, nos la han querido vender como un refrito de referencias ochenteras a tutiplén, con un “si te gusta Stranger Things te gustará esta película”, metiendo en el tráiler numerosas referencias a Regreso al Futuro o Pesadilla en Elm Street. Y, si dejamos de lado una pequeña parte de la banda sonora –con Van Halen, Joan Jett o Tears for Fears-, nada más lejos de la realidad.

La película está a petar de referencias frikis, sí –que no significa que sean su única base, cuidado-. Pero si hubiera que cuantificarlas, diría que aproximadamente un 70% son referencias a videojuegos, un 10% a clásicos del cine y la televisión de los años 50 y 60, un 10% a la auto-felación habitual del propio Spielberg –llevada en este caso al extremo– y el 10% restante se divide entre cine y series de los 80, 90 y 2000.

Sí, no cabe duda de que Steven Spielberg se gusta a sí mismo. Se gusta mucho. No para de hacer guiños a su propia filmografía. Pero seamos sinceros: nosotros también lo haríamos si fuéramos Spielberg.

Lo que destaca de esta película no es eso, sino el respeto que muestra hacia la cultura pop y al mundo de los frikis, a los que por una vez no se trata como a tontos marginales sino que se les –nos– reverencia. La cultura del videojuego es aquí adorada. Sus practicantes no son perdedores sin vida social sino personas a las que admirar. Las referencias a este mundo explotan por todas partes, desde el ya mencionado fenómeno World of Warcraft hasta mitos intemporales como el Portal o el Mario Kart, desde juegos más actuales como el Minecraft o incluso el Wii Sports hasta clásicos ancestrales como el Manic Mansion o los juegos de Atari de los años 70.

Está claro que no hablamos de una obra maestra del cine, sino de un blockbuster de mucha acción y muchos efectos. Los villanos de la película son planos y no se entiende muy bien qué es lo que quieren, aparte de hacer maldades aquí y allá. La historia de amor es tópica, se ve venir a leguas y nos la sabemos de memoria desde hace doscientas películas. Es palomiteo de máximo nivel, pero es palomiteo made in Spielberg, lo que significa que visualmente es espectacular, que la dirección es impecable y los efectos visuales son impresionantes.

Uno de los mayores miedos que circulan por internet a día de hoy es que la película sólo se sostenga en base a referencias y cameos, que si no conoces todos los elementos culturales a los que hace referencia no la vas a entender. Y sí, es cierto que Ready Player One está abarrotada de guiños visuales y cameos, tantos que sospecho que tendremos que verla cincuenta veces para llegar a pillarlos todos. En segundo término conviven el Batman de Adam West con el de Nolan, los entrañables Looney Tunes de los años 30 con la aberrante versión de las Tortugas Ninja de Michael Bay, Godzilla con la nave espacial Serenity o la moto de Kaneda –y a todo esto… ¿estoy loco o he visto de verdad a Bruce Willis paseando entre la gente?-.

Pero lo bueno es que todas estas referencias no restan, sólo suman. No es necesario conocer todas las obras que se referencian, sólo están de apoyo para añadir gusto a los espectadores que puedan reconocerlas y, ya puestos, definir un poco mejor a algunos personajes. Yo mismo no conozco muchos de los videojuegos o películas que se mencionan y no he tenido ningún problema para entender la trama. Y mucho menos cuando la inmensa mayoría de referencias son sólo guiños visuales en segundo plano. Y las pocas que tienen relevancia para la trama están bien explicadas por si alguien no las pilla.

Y es que Spielberg puede ser muchas cosas, pero no es tonto. Lleva décadas en el negocio y sabe bien que una película no puede sustentarse solamente en sus referencias sólo hay que ver la trilogía de Indiana Jones, que contiene más de 300 guiños a otras obras pero esto no nos estorba ni nos impide disfrutar de la acción-. Sabe que no debe cimentar todo su guión sobre estas referencias sino simplemente usarlas como punto de apoyo. Y, sobre todo, que no le conviene limitarlas a una época o género concreto sino diversificarlas para no limitar su público objetivo.

Tenemos muchísimo amor a los videojuegos, pero esto no impide que también se homenajeen clásicos del cine, al mismísimo Orson Welles y que incluso tengamos una escena en homenaje a Kubrick en que Spielberg se luce de verdad imitando a la perfección su estilo narrativo, de planificación e iluminación, una escena que –y os lo digo de verdad– logró arrancar una oleada de aplausos en una sala repleta de críticos que, sinceramente, íbamos sin grandes esperanzas.

En una película en que ninguno de los actores destaca –con perdón de Simon Pegg-, la verdadera estrella es Alan Silvestri a la banda sonora. Como en todo lo que hace, realmente. Como en Regreso al Futuro, Vengadores, Rápida y Mortal, Arma Joven y otras tantas bandas sonoras inolvidables que nos ha dejado. Incluso se permite una breve auto-referencia, al igual que el director, pero es tan breve que no molesta.

El lema de la película podría resumirse en que no hay nada malo en ser un –con perdón de la expresión– “niño-rata” que se pasa el día encerrado jugando a videojuegos. Se desmitifica la idea de que los videojuegos te convierten en un autista sin vida social, se reverencia a los gamers y se fomenta la idea de que jugar a videojuegos, leer cómics y ver montones de películas te llena de cultura y de habilidades que pueden resultarte útiles para la vida. El protagonista es un adolescente de un barrio pobre, pero eso no le impide conocer a la perfección la historia de los videojuegos de Atari, la obra de Stephen King o la de Orson Welles. Porque ser friki, en el mundo real, implica ser culto. Los malos son los ejecutivos serios y estirados que consideran que los videojuegos y los cómics son una pérdida de tiempo infantil. Los buenos son los frikis. Y no son menos hábiles e importantes por ser críos enratonados adictos a la subcultura, sino todo lo contrario.

Ready Player One no es Ciudadano Kane –aunque la referencia constantemente-, no es más que otra saga adolescente del siglo XXI igual que muchas otras, para entretenerte viendo acción y grandes efectos. Pero la reivindicación y adoración del frikismoes lo que la distingue y deja un mucho mejor sabor de boca que el resto de obras de este género.

Y para qué mentir, como adaptación de World of Warcraft le da mil patadas a Warcraft: El Origen, de 2016.

Artículo de José Sënder.

Críticas

Reseña | Tomb Raider. ¡Por fin!

15-3-2018

Publicado originalmente en Docpastor.com

Los americanos tienen a su arqueólogo heroico que vive aventuras locas, encuentra reliquias y lo soluciona todo con un látigo. Los europeos tenemos a nuestra propia arqueóloga heroica que vive aventuras locas, encuentra reliquias y lo soluciona todo con un piolet.

Y es que Lara Croft siempre ha sido, ante todo, la Indiana Jones británica, respondiendo a la idea de que Europa también tiene derecho a tener su propia versión y que además debería ser mujer.

Uno de los grandes aciertos de esta adaptación, en contraposición a sus olvidables versiones anteriores, ha sido hacer por fin una película inglesa, con actores ingleses y temperamento inglés. Esto nos ha permitido disfrutar de la magnífica Alicia Vikander y de cameos estelares de actores británicos de la talla de Nick Frost. Y, como en toda película o serie británica siempre tiene que hacer aparición alguien que haya salido en Doctor Who, en ésta se agradece la presencia del gran Derek Jacobi, al que no sólo conocemos de la serie clásica sino que además interpretó al memorable Profesor Yana en la tercera temporada de la nueva.

Nos encontramos, básicamente, ante una película de aventuras y tesoros a la vieja usanza, al más puro estilo de La joya del Nilo, En busca del arca perdida o la saga del Bibliotecario. Y la cinta nos lo deja claro recurriendo a los elementos esenciales para el género: un lugar exótico, una misteriosa civilización olvidada, criptas siniestras plagadas de trampas tan ingeniosas como dolorosas, organizaciones malvadas que buscan la misma reliquia que los buenos pero para hacer maldades, etc. Está todo. Y se agradece.

La historia es una mezcla de la trama de los dos juegos más recientes de la saga, los que nos retrotraen a los inicios de la carrera aventurera de Lara Croft y nos muestran cómo llegó a convertirse en la legendaria saqueadora de tumbas que es hoy, aunque se simplifica la historia para que pueda tener cabida en una película de dos horas en lugar de en dos videojuegos de diez horas cada uno. Los fans de estos nuevos juegos estarán complacidos al encontrarse con personajes emblemáticos -como Ana, Vogel o Himiko- y grandes similitudes con sus originales.

Sobre todo en el aspecto visual. La estética es realmente calcada a la del juego, su inconfundible iluminación, algo quemada y sucia -en el buen sentido-, ha sido transportada al cine de forma respetuosa y fiel. Los escenarios recuerdan poderosamente a los del Rise of the Tomb Raider. E incluso la escena del naufragio, hacia el principio de la película, es idéntica plano por plano a la cinemática de dicha escena en el penúltimo juego.

No sólo está bien adaptado visualmente, sino que han conseguido incorporar con acierto múltiples guiños a elementos recurrentes del juego. Elementos cuyo abuso en una versión fílmica habría sido redundante y pesado, pero que han conseguido ser plasmados lo justo para hacer sonreír al fan sin aburrir por exceso de uso. El piolet, las cadenas colgantes para atravesar barrancos saltando, barras luminosas al entrar en las criptas, suelos que se van hundiendo bajo los pies de Lara mientras corre… Hay momentos en que te sorprendes a ti mismo intentando apretar dos veces la barra espacio para hacerla saltar más lejos.

Los guiños visuales no se limitan al juego original. La película es consciente de sus orígenes y homenajea con cariño a las fuentes de las que bebe. Podemos encontrar, si afinamos el ojo, referencias visuales a cintas de aventuras emblemáticas como Indiana Jones y la Última Cruzada o Parque Jurásico.

La película, obviamente, no es perfecta. Tiene sus fallos, como cabía esperar, pero no son excesivos y no empañan la buena labor con que está realizada. El intento de minimizar la parte más mágica y sobrenatural del universo Tomb Raider ha sido todo un desacierto. Probablemente buscaban darle más verosimilitud a la historia, pero no era necesario en este tipo de aventura -al fin y al cabo, a ninguno nos pareció mal que un Arca mágica soltara rayos que desintegrasen a los nazis, ¿no?-. La inexplicable ausencia de dos personajes esenciales para la trama del juego y el cómic como son Jonah y Samantha -los dos mejores amigos de Lara- es una pena y le resta grandes posibilidades a la historia. Y probablemente el mayor punto débil esté en la estructura dramática: si bien todas las escenas de presentación del primer acto contribuyen a que conozcamos mejor a Lara Croft, esto provoca que la verdadera acción estilo Tomb Raider empiece demasiado tarde y termine demasiado pronto, dejándonos con ganas de más.

Pero todos estos puntos débiles no son nada en comparación con el principal punto fuerte de la película: la propia Lara. Gracias al primer acto -y, sobre todo, a la impresionante interpretación de Alicia Vikander- conocemos a una Lara mucho más humana, con la que no nos resulta difícil empatizar y con la que es imposible no encariñarse. Una Lara que no se limita a dar patadas con cara de palo, sino que sufre, que muestra sentimientos, miedos y sueños, una Lara que recibe más hostias de las que reparte, a la que sí afectan las balas y los golpes, que tiene que esforzarse para hacer esas virguerías a las que nos tiene acostumbrados. Una Lara real, humana y creíble, en contraposición a la imposiblemente perfecta heroína de plastiquete a la que interpretó su antecesora Angelina Jolie. Walton Goggins -el protagonista de The Vice Principals- interpreta a un villano bastante básico del género, totalmente bidimensional, pero lo hace de forma impecable y no defrauda.

La banda sonora épica es otra de las grandes bazas de la película, que la aleja de la adaptación de videojuego directa a vídeo a la que estamos acostumbrados y le confiere una calidad mucho más cinematográfica.

¿Te gustará? Si vas al cine esperando ver una obra maestra de tipo Casablanca, Ciudadano Kane o Terminator 2, por supuesto que no. Si esperas encontrarte con una película de aventuras de toda la vida, con tesoros, ingeniosos héroes descifrando enigmas, criptas embrujadas, volteretas y patadas, entonces sí, te gustará. Y si, como yo, eres fan de la saga de videojuegos y en especial de sus dos últimas entregas más elaboradas y realistas, entonces te va a encantar. Porque no sólo es una buena peli de aventuras, también es una buena adaptación de videojuego, hecha con respeto y cariño hacia el original. Y ésas no abundan, precisamente.

Por fin Europa tiene a su propio Indiana Jones. Y por fin los fans de Tomb Raider tenemos una adaptación al cine que vale la pena. Por fin.

Artículo de José Sender.