La otra noche tuve una pesadilla tan retorcida y metalingĂŒĂstica que al dĂa siguiente me vi en la obligaciĂłn de escribirla como un relato de terror. AquĂ la tenĂ©is.

Mierda, otra vez esa casa no.
He soñado con ese lugar mås de una vez. Y siempre, siempre es una pesadilla.
Se trata de una edificaciĂłn de dos plantas, estrecha si la miras de frente, pero muy alargada si te pones a un lado. Como la funda de un ordenador portĂĄtil. Como un libro puesto de pie, apoyado sobre su lomo. Como si hubieran puesto todas sus habitaciones en fila, una detrĂĄs de otra, para que ocupase poco espacio a lo ancho pero mucho en profundidad. Observada desde el exterior, es un chalet de aspecto moderno pero agradable, en un ĂĄrea rural con cierto encanto, y tiene muchĂsimas ventanas. PrĂĄcticamente, parece hecha de cristal y promesas alegres.
Una vez que te internas en ella, la cosa cambia. El interior es mucho mĂĄs lĂłbrego y no parece haber rastro de todos esos ventanales que se veĂan desde fuera. Simple propaganda inmobiliaria, supongo. Aunque claro, todo depende de en quĂ© zona de la casa te halles: el comedor-cocina que hay en un extremo de la planta baja, por donde se entra al lugar âtiene una puerta acristalada a cada lado, para poder salir a la calle por ambas caras alargadas del edificioâ, es amplio y soleado, con unas preciosas vistas a una paradisĂaca playa que, una vez que sales, no estĂĄ allĂ. Pero, conforme dejas atrĂĄs esa estancia, ya sea internĂĄndote en los recovecos de la propia planta baja o subiendo al nada recomendable piso superior, se va haciendo mĂĄs lĂșgubre y cerrado.
En cuanto mis amigos se empeñaron en entrar a la casa, apenas me llevĂł un segundo reconocerla. El escalofrĂo que invadiĂł mi espina dorsal me confirmĂł que ya conocĂa ese lugar. Recordaba con claridad haber soñado con aquella casa en otra ocasiĂłn. Y recordaba tambiĂ©n que aquella velada se habĂa saldado con un festival de gritos, terror y muerte. Que las cosas que allĂ habitaban no se contentaban con ulular y espantar a los curiosos, como en otras casas encantadas. Pero no habĂa forma de disuadir a este grupo de amigos âcreo que era mi pandilla del instituto, aunque no les prestĂ© mucha atenciĂłn: mis ojos no se desviaban de la casa malditaâ. Mientras me debatĂa, me agarraron entre risas, diciendo que era un miedica, y me obligaron a entrar.
Recuerdo la primera vez que soñé con la casa. Era una especie de albergue utĂłpico del que habĂa oĂdo hablar mucho y fui muy ilusionado a pasar una temporada o, tal vez, toda la vida. Mucha gente joven que conseguĂa encontrar aquel misterioso lugar se quedaba a vivir allĂ gratis, pasĂĄndolo bien, siempre de fiesta y sin preocupaciones. Era la casa de la diversiĂłn. Y yo, despuĂ©s de mucho buscar por el mundo, la habĂa encontrado y me habĂa instalado junto a un montĂłn de nuevos amigos. Pero la cosa habĂa acabado en tragedia. Una tragedia que decidĂ olvidar, al menos hasta ahora. Mis amigos habĂan oĂdo la leyenda de aquella casa de juerga y libertinaje, pero no tenĂan ni idea de lo que yo habĂa presenciado en ella, asĂ que decidieron ir a pasar una temporada allĂ⊠y llevarme con ellos. OjalĂĄ pudiera recordar cĂłmo logrĂ© escapar la otra vez.
El salĂłn-cocina era tal como lo recordaba, pero estaba desierto. No parecĂa que hubiera vivido nadie allĂ en mucho tiempo, a juzgar por la humedad, el olor a cerrado y el eco. Hasta la potente luz del exterior entraba mortecina a travĂ©s del polvo acumulado en las ventanas. Incluso la playa que solo podĂa verse desde el interior parecĂa lĂĄnguida y vacĂa de vida, como si hubiera pasado de ser una exuberante costa caribeña de arenas blancas sacada de una postal a un puerto de carga en un dĂa nublado.
Vale, les dije, ya hemos visto el lugar, no hay nadie, esto estĂĄ abandonado, podemos irnos. AquĂ no vais a encontrar a nadie, o al menos a nadie que siga con vida. Pero no se iban a dejar convencer con tanta facilidad. HabĂan venido en busca de una fiesta sin fin y pensaban conseguirla, costase lo que costase. En cuanto mencionaron echar un vistazo al piso de arriba, por si los locos juerguistas que habitaban la casa estaban pasando una sosegada resaca, comencĂ© a forcejear con desesperaciĂłn. No, por favor, el piso de arriba no. Ellos eran cuatro, yo era uno. Me arrastraron sin problema por la horrible escalera lateral de paredes claustrofĂłbicas. Mis pies recordaban el desagradable tacto de la moqueta granate que cubrĂa los escalones, tan desgastada que ya era mĂĄs marrĂłn que rojiza. El papel pintado azul de las paredes, sacado de un viejo apartamento de abuela, estaba cubierto de un moho negro que olĂa a la ausencia de todo. HabĂa una de esas antiguas lĂĄmparas de pared, como un farolillo de cristal que funcionaba con aceite, pero a saber cuĂĄntos años llevaba apagado.
Conforme avanzĂĄbamos por el piso de arriba, levantĂĄbamos densas nubes de polvo al arrastrar nuestros pies, que daban la sensaciĂłn de una niebla baja de entre la que cualquier cosa podrĂa salir a morderte los tobillos. El pasillo no tenĂa una sola ventana ni luz elĂ©ctrica, asĂ que nuestros ojos tenĂan que hacer esfuerzos extra. Mi memoria se iba refrescando a cada paso. Recordaba otros sueños que habĂan tenido lugar allĂ. Algunos de ellos, ni siquiera habĂa sido consciente de que sucedĂan en la misma casa hasta ahora. Al asomarme a una habitaciĂłn hĂșmeda y frĂa, la reconocĂ como un apartamento de alquiler al que una vez soñé que me habĂa mudado con dos amigos, pero en aquel sueño jamĂĄs lleguĂ© a salir del piso, asĂ que jamĂĄs me habĂa enterado de que en realidad era una habitaciĂłn mĂĄs de la abominable casa que, solo con recordarla, hace que se me erice todo el vello del cuerpo.
Lo mĂĄs curioso de todo era que no pensaba «ya he estado aquĂ, ya he vivido esto», sino «ya he soñado antes con esto». Como si fuera plenamente consciente de estar soñando en ese momento, pero al mismo tiempo de que esa condiciĂłn no mitigaba el mortal peligro de la vivienda infernal. Por un momento, parecĂa a punto de tomar el control de la situaciĂłn, como en un sueño lĂșcido. Pero en ese instante salĂ de mi ensimismamiento.
Nos habĂamos metido en una sala pobremente iluminada, que en tiempos debĂa haber sido un salĂłn de descanso y juegos. HabĂa unos cuantos viejos sofĂĄs raĂdos y montañas de polvorientos juegos de mesa. El nudo en mi garganta se apretĂł un poco mĂĄs. Recordaba esa sala. Recordaba, sin lugar a duda, haberla visitado en otro sueño. ÂżAcaso no era aquĂ donde, en mi primera visita, tuvo lugar la carnicerĂa?
Mis amigos, ajenos a mi angustia, estaban encantados. En un viejo mueble habĂan encontrado unos cuantos botellines de cerveza en buen estado, que se conservaban relativamente frescos debido a la humedad del lugar, aunque no hubiera nevera. Se encontraban dispuestos en dos mesas de futbolĂn, jugando mientras brindaban con sus cervezas, en una penumbra tan espesa que jamĂĄs lograrĂ© comprender cĂłmo podĂan ver la pelota.
Los observĂ© en silencio, sin saber quĂ© decir. En lugar de jugar los cuatro en una misma mesa, dos a cada lado, como suele hacerse, estaban jugando dos partidas paralelas de uno contra uno en ambos futbolines. A mĂ me parecĂan partidas mĂĄs aburridas, porque un solo jugador no podĂa controlar del todo las cuatro barras de su equipo. Pero aquello no suponĂa un problema. Y solo yo parecĂa ser consciente de por quĂ©.
Sin que mis amigos se fijaran siquiera, aunque cada uno de ellos controlaba solo dos barras de juego, las otras dos se movĂan de igual manera, como si alguien las estuviera manejando. Como si en lugar de dos jugadores hubiera cuatro. Mis ojos comenzaban a habituarse a la penumbra y pude vislumbrar las vagas formas, azuladas y traslĂșcidas, del resto de jugadores.
Eran ellos. Los de la otra vez. Estaban jugando al futbolĂn con mis amigos y ellos ni se enteraban. Uno de los traslĂșcidos se volviĂł muy despacio hacia mĂ, con una grotesca sonrisa que se acentuaba mĂĄs aĂșn debido a la ausencia de labios. PosĂł en mĂ los agujeros de bala en los que deberĂa haber tenido los ojos y me hizo un gesto con el dedo para que guardara silencio.
Para ellos, ver cuĂĄnto tardaban los vivos en descubrir que estaban rodeados era un juego tronchante. Y, como Ășnico superviviente de la masacre anterior, me pedĂan complicidad. Avisar a mis amigos solo habrĂa servido para acelerar el macabro desenlace. Y, de cualquier modo, el hielo que tenĂa en las venas tampoco me iba a permitir emitir una palabra.
Mis ojos se acostumbraron un poco mĂĄs a la oscuridad. Los cuatro espectros que jugaban al futbolĂn no estaban solos. Toda la sala rebosaba de rutilantes seres azulados que se transparentaban, apiñåndose unos junto a los otros y, a veces, dos en el mismo lugar. Algunas caras ya estaban casi borradas del todo, como si llevaran tanto tiempo siendo aquellas cosas que ya no quedara testimonio de su Ă©poca entre los vivos. A otros aĂșn podĂa identificarlos. Eran los rostros que me habĂa obligado a olvidar. Los jĂłvenes que habitaban la casa la primera vez que la visitĂ© y que no habĂan tenido la misma suerte que yo. Se estaban convirtiendo poco a poco en las mismas cosas que habĂan acabado con ellos. Lo primero que perdĂas eran los ojos, despuĂ©s venĂan los labios y luego, poco a poco, todo lo demĂĄs. No habĂa un centĂmetro en la sala que no estuviera ocupado por la multitud de traslĂșcidos. Bueno, en realidad sĂ. Solo una pequeña parte quedaba libre: el reducido trecho que me separaba de la puerta que daba al pasillo.
SalĂ como una avalancha de nieve, sin gritar, sin mirar atrĂĄs, y me precipitĂ© escaleras abajo. Odiaba con cada fibra de mi ser aquella moqueta granate envejecida de los escalones, me habĂa jurado que jamĂĄs volverĂa a pisarla y allĂ estaba de nuevo. La lĂĄmpara de aceite se habĂa encendido, con un fuerte fogonazo que teñĂa de naranja todo el angosto espacio de la vertiginosa escalera. Pero la llama no tardĂł en transformarse en el puntiagudo cabello pelirrojo de uno de los espectros sin ojos, que me miraba âo eso supongoâ riendo a carcajadas, con una insoportable voz aguda de niño pijo. AcelerĂ© mĂĄs aĂșn, a punto de pulverizarme los dientes.
No sĂ© ni cĂłmo ni por quĂ©, pero me arrojĂ© contra la puerta de cristal del comedor y salĂ al exterior entre una lluvia de añicos y una mirĂada de rasguños que escocĂan como la muerte. Y aun asĂ, el tacto de los cristales rotos arañando mi piel no me resultaba tan angustioso como el de los dedos semisĂłlidos que intentaban sujetarme por los brazos para que no me fuera. SabĂa que algunos arañazos serĂan rojos, pero otros serĂan azules y siempre tendrĂa frĂo en ellos. Cuando dejĂ© de correr y abrĂ los ojos, creĂ que estaba a salvo. Aquellas cosas no podĂan salir de la casa, como ya tampoco podrĂan hacerlo jamĂĄs mis amigos.
El paisaje no era la bucĂłlica aldea que conocĂ la Ășltima vez que estuve allĂ: en aquella ocasiĂłn, el entorno habĂa sido mucho mĂĄs medieval, excepto la casa, que siempre es exactamente la misma. En realidad, el cambio en el exterior no me preocupĂł. Estaba acostumbrado a que los lugares e incluso la gente fueran mutando de forma aleatoria en mis sueños. Y, al fin y al cabo, yo sabĂa que estaba en un sueño. Mientras estuviera fuera de la casa, no me preocupaba encontrarme en una aldea, en un maizal o en la selva amazĂłnica.
En este caso, me hallaba en una calle muy larga y estrecha, como un desfiladero artificial. Al final de las espigadas paredes que se elevaban a ambos lados, se podĂa adivinar una afilada franja de cielo que ya empezaba a perder su claridad. AquĂ y allĂĄ, a lo largo del callejĂłn, vallas metĂĄlicas delimitaban algo que parecĂan canchas de baloncesto. No podĂa distinguirlas con claridad, porque la puesta de sol potenciaba un oscurecimiento gradual pero implacable de la calle. Me sorprendiĂł descubrir que uno de mis amigos caminaba junto a mĂ. ParecĂa que en esta ocasiĂłn, contra todo pronĂłstico, dos personas habĂamos logrado salir con vida de la casa. DespuĂ©s de la horrible experiencia, me sentĂ incapaz de mirarlo a la cara, asĂ que ni siquiera sĂ© con seguridad cuĂĄl de ellos era. Pero un fugaz vistazo de reojo me sirviĂł para constatar que era opaco y parecĂa sĂłlido, asĂ que al menos me tranquilizĂł la certeza de que no se trataba de una de aquellas cosas sin labios ni ojos.
Al salir con tanta prisa a un exterior cambiante, nos habĂamos desorientado y no recordĂĄbamos en quĂ© extremo de la calle estaba aparcado mi coche. El sol estaba a punto de ponerse. Si nos equivocĂĄbamos de lado, tendrĂamos que volver a recorrer la prolongada calle en sentido contrario, deshaciendo nuestros pasos en total oscuridad. Pero tampoco tenĂamos otra opciĂłn, asĂ que elegimos una direcciĂłn al azar y echamos a andar. Cada cierto rato, apoyados contra las vallas de las canchas, podĂan verse grupitos de gente joven charlando y fumando. ParecĂan gente interesante y agradable con la que me gustarĂa quedarme a tomar algo, pero, conforme avanzĂĄbamos y la tarde iba cayendo, cada vez costaba mĂĄs distinguirlos. Hasta que llegĂł el punto en que no eran mĂĄs que bultos oscuros en movimiento y la sensaciĂłn de desasosiego me invadiĂł una vez mĂĄs.
Cada vez resultaba mĂĄs escalofriante pasar junto a alguien, forzando la vista para no chocar con quien fuera. Formas negras, vagamente antropomĂłrficas, serpenteando por un entorno que ya era casi tan negro como ellos. Si alguien decidĂa aprovechar la oscuridad para atacarme, me preguntaba, Âżlo verĂa venir a tiempo de ponerme a salvo? Me volvĂ hacia mi amigo para comentarle aquel temor en voz muy baja. Fue justo despuĂ©s de decirlo cuando tuve la absoluta certeza de que aquella silueta a un palmo de distancia no era la de ninguno de mis amigos. Cuando vi el destello de la navaja volando hacia mĂ, supe que no la esquivarĂa.
Por obra de algĂșn milagro, o tal vez de mi propia taquicardia, me despertĂ© justo a tiempo. DejĂ© escapar mi alivio en un sonoro suspiro. HabĂa vuelto a escabullirme de la casa que tanto terror me provoca y estaba despierto. En el mundo de la vigilia, aquel lugar no podĂa alcanzarme.
Esa tarde fui al bar con esos mismos amigos, los que en mi sueño me habĂan llevado a la casa de los traslĂșcidos. Cuando les contĂ© la pesadilla en la que todos habĂan muerto, se echaron a reĂr, mientras yo seguĂa con ese nudo en la garganta, sin dejar de preguntarme por quĂ© sigo soñando una y otra vez con un terrorĂfico edificio en el que nunca he estado en la vida real. Me despedĂ y cogĂ el tren de vuelta a casa. O quizĂĄs era el metro, porque no se veĂa la luz de la calle: circulĂĄbamos siempre bajo tierra. Ya no estaba seguro de nada.
Me fijĂ© en los nombres de las estaciones subterrĂĄneas por las que pasĂĄbamos, en las que el vagĂłn jamĂĄs se detenĂa. Sus nombres no eran los de siempre. Sonaban parecidos a lo que se puede esperar de una parada de ferrocarril en mi zona, pero como si los hubiera inventado una mĂĄquina sin entender muy bien el proceso. Como esas inteligencias artificiales que escriben guiones. MarimĂ xima, se llamaba una parada; Vigasolta, la siguiente. Estaba convencido al cien por cien de que no existĂa ningĂșn lugar llamado asĂ. TraguĂ© saliva. ÂżSeguĂa soñando, acaso?
En cuanto cobrĂ© consciencia de que aĂșn estaba en un sueño, me despertĂ©. DespuĂ©s de todo, el anterior despertar, la charla en el bar y la vuelta a casa en metro tambiĂ©n formaban parte de un sueño, uno que tenĂa otros sueños dentro. SeguĂa tumbado en la cama.
Y ya no podĂa dejar de pensar en cĂłmo saber la diferencia entre soñar y estar despierto. ÂżHabĂa estado despierto alguna vez? ÂżHabĂa forma de saberlo? ÂżTal vez todo lo que yo recordaba como mi vida no era mĂĄs que un sueño muy largo que olvidarĂa al despertar? ÂżExistĂa el mundo de la vigilia, o todo lo que hay son sueños dentro de otros sueños en una cadena infinita? Y la persona que habĂa ahĂ afuera, el «yo» que estaba dormido, soñando esta vida⊠¿era yo? ÂżO al despertar descubrirĂa ser alguien completamente distinto?
Mi habitaciĂłn estaba, como siempre, en la mĂĄs absoluta oscuridad. TratĂ© de respirar hondo para calmarme, pero sentĂa una fuerte presiĂłn en el pecho. PensĂ© en el brillo de la navaja que tan rĂĄpido habĂa volado hacia mĂ, en la ausencia de una fuente de luz que pudiera haber arrancado ese destello en un mundo regido por las leyes de la fĂsica. Alguien habĂa aprovechado la oscuridad absoluta del callejĂłn onĂrico para acercarse mĂĄs de la cuenta sin que yo lo percibiera. Y reparĂ© en que ahĂ, en las tinieblas de mi habitaciĂłn, bien podĂa haber alguien junto a mi cama, planeando algo parecido. Era un pensamiento estĂșpido, pero era el primero de alguien que se acababa de despertar de una pesadilla y, como tal, era lo mĂĄs real que jamĂĄs habĂa existido. Por puro reflejo, sin apenas darme cuenta, girĂ© sobre mĂ mismo y lancĂ© un codazo hacia mi derecha, al lado de la cama que no da a la pared.
Y mi codo golpeĂł algo sĂłlido.
Algo denso y blando, pesado, sentado en el filo de mi cama con la separaciĂłn justa para que no notase su presencia. Nunca me habĂa arrepentido tan rĂĄpido de hacer algo como de aquel codazo. Si me hubiera quedado muy quieto, si hubiera fingido que no sabĂa que estaba ahĂ, el juego habrĂa seguido hasta que saliera el sol. Pero habĂa reglas. Y yo habĂa incumplido la mĂĄs bĂĄsica.
La cosa se volviĂł con un gruñido gutural y sentĂ cĂłmo su peso se abalanzaba sobre mĂ. Lo Ășnico que pude ver en la oscuridad fue una enorme boca alargada que no escatimaba en dientes afilados, como la de un lobo o un gorila. PodĂa verla porque, donde todo lo demĂĄs era pura negrura, el interior de aquellas fauces era rojo como el miedo.
Me despertĂ© por tercera vez, en esta ocasiĂłn soltando un incontenible alarido que debiĂł despertar a todo el pueblo. Me incorporĂ©, lancĂ© un puñetazo con todas mis fuerzas hacia el sitio del que habĂa venido la cosa oscura y casi me caigo de la cama. AllĂ no habĂa nada. Solo estĂĄbamos la oscuridad, yo y una taquicardia a ritmo de speed metal. Sin pensar, me di un bofetĂłn en la cara. Au. Vale, ahora sĂ que estaba despierto, eso habĂa dolido. MirĂ© el mĂłvil: eran las 2:17.
Me quedĂ© sentado un buen rato, reflexionando sobre el sueño mĂĄs metalingĂŒĂstico que recuerde haber tenido. Tantas veces habĂa creĂdo despertar, para luego descubrir que seguĂa atrapado en un vacĂo de horror y asfixia. Siempre habĂa creĂdo que eso solo pasaba en las pelĂculas. Gracias a los dioses, por fin se habĂa terminado. HabĂa escapado de esa maldita casa y de esa maldita pesadilla con mĂĄs capas que una cebolla y podĂa respirar aire de verdad, aire del mundo de la vigilia. PorqueâŠ
âŠporque ahora estoy despierto, Âżverdad?
Âż…verdad?
Jöse Sénder, 27-1-2022