Críticas

Reseña | ‘La Imposible Patrulla-X: Dios ama, el hombre mata’ (1982)

16-8-2018

Publicado originalmente en Batseñales.

Claremont es mi pastor, nada me falta.

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Hace poco os hablábamos de la colección Marvel Graphic Novels que surgió en los 80 como respuesta a esa nueva oleada de pseudo-intelectuales que consideraban que el cómic de superhéroes era para niños y llamaban erróneamente “novela gráfica” al cómic de autor por miedo a ser reconocidos como frikis. De toda esta colección de maravillas narrativas, hubo una que brilló con luz propia y que aún hoy, 36 años después, sigue siendo la primera respuesta de una gran cantidad de amantes del noveno arte cuando les preguntas por su cómic favorito: ‘La Imposible Patrulla-X: Dios ama, el hombre mata‘, obra cumbre de la narrativa del maestro Chris Claremont con alucinante dibujo de Brent Anderson.

Marvel siempre ha sido una editorial muy ligada al ámbito político y de una ideología marcadamente progresista, desde sus primeras historias del Capitán América luchando contra los nazis hasta la creación de un grupo de superhéroes marginados por prejuicios raciales como fueron los X-Men, creados para ser la metáfora perfecta de la exclusión social y que han acabado ilustrando historias muy críticas sobre el racismo, la homofobia y la xenofobia. A día de hoy, estamos más que acostumbrados a que las historias de superhéroes Marvel sean excusas para hablar de los problemas políticos del mundo –la saga ‘Asedio’ como metáfora del horror de la administración Bush y sus ataques a Oriente Medio, la saga ‘Invasión Secreta’ para hablar de que el verdadero culpable del terrorismo islámico fue el gobierno estadounidense, etc.-, pero al principio eran mucho más sutiles y comedidos. Hasta que llegó Claremont, claro.

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Claremont llegó en 1975 y se encontró con que una fracasada serie llamada X-Men, que supuestamente hablaba del racismo, estaba en realidad protagonizada por cinco chicos blancos estadounidenses y protestantes, cosa que decidió cambiar. Así, dio luz a su nueva iteración del supergrupo mutante, en la que creó lo que podríamos llamar el primer casting inclusivo de la historia: una africana, un irlandés, un canadiense, un alemán, una chica judía, un japonés, un nativo americano y un soviético que, a diferencia de los que se habían representado hasta la fecha, jamás se arrepintió ni renegó del comunismo. Y a principios de los 80, en la era de Ronald Reagan, en la que el fascismo y el racismo estaban más desatados que nunca –a excepción de, quizás, a día de hoy-, cuando la televisión estaba infestada de telepredicadores evangelistas que utilizaban la exaltación fundamentalista de la Biblia como excusa para llevar a cabo cualquier acto xenófobo, el bueno de Chris se dio cuenta de que el mundo necesitaba un cómic que concienciase sobre el tema.

Dios ama, el hombre mata no es un cómic de superhéroes. Es un tratado sobre el racismo y el fundamentalismo religioso. Sobre el conservadurismo casposo y retrógrado imperante en los Estados Unidos –y un poco en todas partes, para qué nos vamos a engañar, que aquí en España hoy en día lo estamos petando también-. Y, sobre todo, es un debate filosófico sobre la paradoja de la tolerancia del filósofo Karl Popper (1902-1944), la que nos dice que, si toleramos a un intolerante, estaremos destruyendo la verdadera tolerancia. Claremont nos habla de la tergiversación de la verdad en los medios por parte de los portavoces del fascismo, de la facilidad que tiene el amplio público para tragarse cualquier mentira si ésta ayuda a alimentar su miedo y su odio, de cómo para los medios de comunicación es más importante generar morbo y tensión para ganar dinero que respetar algún tipo de principio ético.

  La historia gira en torno al reverendo William Stryker, un telepredicador fanático racista que, sin más superpoder que su capacidad para la demagogia, arenga a sus fieles para exterminar a la “inferior” raza mutante en nombre de Dios y de la Biblia. Claremont crea aquí al que probablemente sea el supervillano más escalofriante que hayamos visto en un cómic. Porque es completamente real. Porque no es un loco enmascarado que usa sus poderes para dominar el mundo ni lanza robots asesinos en las calles, sino un demagogo televisivo con gran poder de convicción, como los que tenemos en el mundo real. La escena de su discurso en televisión pone la piel de gallina, por su semejanza con la de políticos de derechas y tele-evangelistas radicales a los que hemos visto mil veces fomentando el odio y el terror. Todos hemos visto a algún Stryker en la vida real. Y dan mucho más miedo que un millón de Doctores Muerte.

  Es muy importante para esta historia mostrar los diferentes puntos de vista de los integrantes del equipo protagonista, desde la inocencia y el optimismo de las más jóvenes e ingenuas Gatasombra y Magik, que son las que más sufren la sorpresa y el horror de lo que está pasando –es curioso que Illyana aún pudiera ser considerada ingenua e inocente en esa época, ahora que se ha convertido en una de las más sanguinarias y siniestras del universo Marvel– hasta la resignación furiosa de los más viejos y cínicos, que siempre han sospechado que llegaría un día así, como Lobezno, Tormenta o Magneto. Hasta la eterna fe de Xavier en su propio sueño de convivencia pacífica se tambalea, llegando a fantasear con unirse a Magneto, tal es su decepción con las bajezas de la especie humana. Rondador Nocturno y Gatasombra son personajes marcadamente religiosos –él cristiano, ella judía– que están viendo con impotencia y frustración como personas de su propia fe utilizan y retuercen ésta para impulsar un genocidio afín a sus intereses. El optimismo de Kitty es tan desesperado como la fe ciega de Kurt y ambos serán puestos a prueba duramente. Kurt puede ser el buenazo comprensivo y puro, pero en esta ocasión llegará al límite de su propia humanidad.

Y para humanidad, la de Magneto, que se nos muestra en este cómic –y en la inmensa mayoría, desde entonces– como el más humano, complejo y lleno de matices. Magneto es el personaje que está ahí para decir las duras verdades que nadie quiere oír, para decirnos que los buenos son demasiado buenos y que jamás se debe tolerar al intolerante, que un racista asesino no se merece la libertad de expresión y que, cuando se trata del fascismo y de la aniquilación del que es o piensa diferente, la equidistancia no es una opción aceptable. Al fin y al cabo, desde el principio del cómic vemos a estos fanáticos religiosos matando a niños a sangre fría en nombre de su ideología, para dejarnos claro la clase de monstruos que son. El propio Magneto nos dice que él ya ha vivido “un genocidio en nombre de Dios” y que hará todo lo que esté en su mano para evitar que vuelva a suceder.

Aunque el tema central de la historia sea el ya mencionado fanatismo religioso como excusa para el racismo y la xenofobia, Claremont es Claremont, así que aprovecha para abrir jugosos debates filosóficos sobre multitud de temas sociales –casi podría decirse que cada tres frases te mete una que podría dar pie a un libro entero de filosofía o a un especial de cualquier tertulia política televisiva en la que corre la ginebra a borbotones-. Hay que resaltar especialmente el brillante discurso de Magneto sobre la libertad y las dictaduras, cerca del final del cómic. Es impecable, es perfecto.

El dibujo de Brent Anderson es el característico de la colección Marvel Graphic Novels, mucho más cuidado, más “serio y adulto” que el habitual en los cómics de superhéroes –al menos, en los de la época-, siguiendo el estilo que usó Starlin en “La muerte del Capitán Marvel” o Mike Mignola en “Doctor Strange & Doctor Doom: Triumph and torment”. Muestra un trazo mucho más detallista, tira muchísimo del claroscuro de estilo noir –y, a todo esto, no creo que el impresionante parecido físico de William Stryker con Charlton Heston sea fruto de la casualidad… ejem-.

Dios ama, el hombre mata” es una obra de culto recomendada no sólo para los amantes del cómic sino también para cualquier lector interesado en los debates políticos, éticos y filosóficos sobre la libertad y sus límites. Nos dice que en esta vida no hay nada seguro, ninguna verdad irrefutable, salvo, quizás, la de que Magneto tenía razón y la de que Chris Claremont es Dios.

Críticas

Reseña | ‘La muerte del Capitán Marvel’ (1982)

26-6-2018

Publicado originalmente en Batseñales.

Marvel se pone seriota.

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A menudo, las mentes más influenciables por las modas confunden el término “novela gráfica” con el concepto de cómic independiente, de autor o “para adultos” y lo usan como escudo para excusar el hecho de que leen cómics como hacemos todos, intentando conferirle un aspecto más intelectual y bohemio. Nada más lejos de la realidad, “novela gráfica” no es más que un término de formato editorial que viene a significar un cómic autoconclusivo, publicado en forma de tomo, que no pertenece a ninguna publicación en forma de serie periódica y con una duración mucho mayor a la de un capítulo de una serie en formato de grapa.

Sabedores de esta habitual confusión que empezó a darse en los 80, los gerifaltes de las editoriales más centradas en superhéroes decidieron demostrarnos que ellos también podían sacar historias en formato de novela gráfica y conferirles además un tono más profundo y adulto, para acercarlas al concepto del cómic indie que estaba empezando a asociarse a dicho formato de edición. Así es como nació Marvel Graphic Novels de la mano del editor Jim Shooter, dando lugar a obras aclamadas por el público y la crítica como el famoso ensayo sobre los peligros del fanatismo religioso ‘X-Men: Dios ama, el hombre mata –obra cumbre de la que ya os hablaré otro día con más calma-. Y, dentro de esa línea, uno de los títulos más emblemáticos fue precisamente La Muerte del Capitán Marvel.

El personaje que antaño fuera uno de los mayores símbolos de la editorial –por algo llevaba su nombre– estaba en horas bajas a principios de los 80, en una época en que todo el sector cósmico marvelita había quedado relegado al olvido por parte de una base de fans que centraba toda su atención en todo lo relacionado con mutantes y pasaba del resto. El mítico autor Jim Starlin recibió el encargo de acabar de una vez por todas con las andanzas del guerrero kree Mar-Vell y decidió hacerlo por todo lo alto: matándolo y anunciándolo abiertamente en el título de la propia novela gráfica.

La Muerte del Capitán Marvel no es una historia de acción y aventuras, sino un relato introspectivo sobre un gran héroe que ha sido capaz de enfrentarse a las mayores amenazas cósmicas y descubre ahora su impotencia ante el más inesperado e invencible enemigo: el cáncer. Un tema tan peliagudo y doloroso no era algo que se tratase a menudo en los cómics por entonces, pero Starlin decidió enfrentarlo de frente y sin eufemismos ni alivios de ningún tipo.

Una historia que se centra sobre todo en las reacciones emocionales del propio Capitán Marvel y de la gente que le rodea, potenciando por encima de todo el concepto de la inevitabilidad de la muerte, la idea de que nadie está a salvo de una enfermedad repentina, ni siquiera la persona a la que creemos más fuerte, ni siquiera la persona a la que más queremos. Prima por encima de todo la impotencia del protagonista, esa forma de mostrárnoslo como un simple mortal más, indefenso ante algo que no comprende y no puede derrotar con sus puños. Es sobrecogedora esa viñeta en que Drax le dice que la muerte no es tan mala y Mar-Vell le responde que no la espera con ansias, en la que comprendemos que, aunque el Capitán sea un valeroso héroe y haya aceptado su destino, sigue estando muerto de miedo e inseguridad al respecto. Nunca se le había mostrado tan humano, cercano e identificable con cualquiera de nosotros como en este momento.

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Y es que, parafraseando a La Bestia en un momento de la historia: “Por si no lo has notado, bajo estos trajes de fantasía y estos llamativos poderes, se esconden hombres y mujeres mortales. Ninguno de nosotros puede decir cómo va a terminar su vida”.

El homenaje a los grandes momentos de la vida del Capi es constante y emotivo, así como el tremendo desfile de estrellas invitadas que vienen a mostrar sus respetos y su apoyo al mayor héroe del universo en sus últimos momentos. Las reacciones emocionales de Spider-Man y de Rick Jones son dignas de mención por lo bien escritas que están. Y emociona como nunca ver que hasta el temible Thanos viene a mostrar su respeto y admiración hacia el que fuera su mayor enemigo, al que un rival conceptual mucho más feroz que él ha conseguido derrotar al fin.

El dibujo de Starlin es muy cuidado y detallista en esta ocasión, con tinta de Al Milgrom que refuerza su poderoso trazo y color de alta calidad de Steve OliffPanini ha reeditado esta obra maestra en un tomo de lujo con encuadernación de tapa dura y respetando al máximo el formato original y la calidad del color.

Una muerte que simbolizó un violento cambio en el paradigma de la forma de narrar y nos dejó claro que los cómics de superhéroes habían dejado para siempre de ser cosa de niños. La caída de un héroe que, por respeto al enorme impacto que tuvo esta historia, ningún guionista se ha atrevido a resucitar jamás. Una obra redonda de principio a fin.

Críticas

“GOD LOVES, MAN KILLS”, or “CLAREMONT IS MY SHEPHERD, I SHALL NOT WANT”

3-9-2018

Publicado originalmente en Uncanny Nerd.

We all know about the collection Marvel Graphic Novels which appeared in the 80s as a reaction to that new wave of so-called intellectuals who claimed that comics were for children and wrongly called “graphic novels” to independent comics, scared of being called nerds if people found out they were comic readers. From that whole editorial line, there was a graphic novel that shone with its own light and today, 36 years later, is still the first answer from a big amount of fans when you ask them about their favorite comic: “X-Men: God loves, man kills” (1982), masterpiece of narrative by the legendary Chris Claremont with amazing art by Brent Anderson.

Marvel has always been a company tightly bound to the political field and with a strongly progressist ideology, from their first stories about Captain America fighting Nazis to the creation of a superhero team marginalized due to racial prejudices such as the X-Men, created as the perfect metaphor for social exclusion, who have ended up illustrating very critical stories about racism, homophobia and xenophobia. Nowadays we are more than used to Marvel superhero comics being excuses to talk about the political problems of the world –the Siege saga as a metaphor of the horrors of Bush administration and their attacks to the Middle East, the Secret Invasion saga to explore the theory that the real culprit of Islamic terrorism was Bush’s government itself, etc.but in the beginning they used to be way more subtle and restrained. Until Claremontarrived, of course.

 

Claremont landed in Marvel in 1975 and found that a failed series named X-Men, which supposedly talked about racism, was actually portrayed by five white American kids, which he decided to change. That’s how he gave birth to the first inclusive casting in history: an African woman, an Irish man, a Canadian, a German, a Jewish girl, a Japanese, a Native American and a Soviet guy who, unlike the ones portrayed to the date, never regretted or denied communism –which was important to show that other people’s cultures can be respected too. And in the early 80s, in the Ronald Reagan era, when fascism and racism were unleashed more than ever –except for maybe the present day-, when TV was infested with televangelists who used a fundamentalist exaltation of the Bible as an excuse to commit any xenophobic action, good old Chris realized the world needed a comic to raise awareness about the subject.

God loves, man kills” is not a superhero comic. It’s a treaty about racism and religious fundamentalism. About the scurfy reactionary conservatism prevailing not only in the United States, but also in the rest of the world. And most of all, it’s a philosophical debate about the paradox of tolerance put forward by the philosopher Karl Popper (1902-1944), which tells us that if we tolerate an intolerant we are destroying true tolerance. Claremont speaks to us about the misrepresentation of the truth in the media by the spokespersons of fascism, about how easily the broad public can swallow any lie if that helps feed their fear and hate, about how the mass media rather generate morbid tension in order to earn money than to respect any kind of ethical principle.

The plot revolves around reverend William Stryker, a bigot racist televangelist who, with no other power than his ability for demagoguery, harangues his followers to exterminate the “inferior” mutant race in the name of God and the Bible. Claremont creates here the most terrifying, spine-chilling supervillain we have ever seen in a comic. Because he is entirely real. Because he is not a mad man in a mask who uses his powers to take over the world or launches his murder robots to the streets. Because he’s just a TV demagogue with a great persuasiveness just like the ones we have in the real world. The scene with his TV speech gives us goosebumps due to its resemblance to some rightwing politicians and televangelists we’ve seen a thousand times encouraging hate and terror. We all have seen some Stryker in real life. And they are way more terrifying than a million Doctor Dooms.

 

 

It is crucial for this story to show the different points of view from the members of the protagonist team, from the innocence and optimism of the younger, more naive Shadowcat and Magik, the ones who suffer the most of the surprise and horror about what’s going on –it’s funny how Illyana could still be considered innocent and naïve at that time, now that she’s become one of the darkest, most bloodthirsty characters of the Marvel Universe– to the furious resignation of the oldest, most cynical ones, who had always suspected that a day like that would come, such as Wolverine, Storm or Magneto. Even Xavier’s eternal faith in his own dream of peaceful coexistence totters, getting him to the point of fantasizing about joining Magneto, such is his disappointment with humankind. Nightcrawler and Shadowcat are strongly religiouscharacters –he a Christian, she a Jew– who are witnessing with impotence and frustration how people of their own faith use and twist it to boost a genocide akin to their interests. Kitty’s optimism is as desperate as Kurt’s blind faith and both of them will be cruelly tested. Kurt may be the pure, comprehensive good guy, but this time even he will reach the limits of his own humanity.

And to talk about humanity, Magneto is the one. He’s shown in this comic –and in most of them since then– as the most human, complex and full of shades of them all. Magneto is the character put there to tell the hard truth that no one wants to hear, to tell us that the good guys are too good and that we must never tolerate the intolerant, that a murderous racist doesn’t deserve freedom of speech and that, when it comes to fascism and annihilation of those who are or think different, equidistance is never an acceptable choice. After all, from the very beginning of the comic we witness these religious fanatics murdering children in cold blood in the name of their ideology, to make clear the kind of monsters they are. Magneto himself tells he’s already lived through a “genocide in the name of God” and he’s gonna do everything in his power to prevent it from happening again.

Though the central subject of the story is said religious fanaticism as an excuse for racism and xenophobia, Claremont is Claremont, so he takes the opportunity to open many juicy philosophical debates about a lot of social subjects –you could almost say of every three sentences, one can give rise to a whole philosophy book or a special episode of any talk show where gin and tonic rain all over the place. One must especially highlight Magneto’s brilliant speech about freedom and dictatorships, near the end of the comic. It’s impeccable, it’s perfect.

 

Brent Anderson’s art is the one distinctive of the Marvel Graphic Novels collection, way more careful, more “serious and adult” than the usual in superhero comics –at least at that time-, following the style used by Starlin in “The death of Captain Marvel” or Mike Mignola in “Doctor Strange & Doctor Doom: Triumph and torment”. It shows a much more detailed stroke, uses a lot of chiaroscuro in a noirstyle –and all things said, I don’t think the impressive physical resemblance between William Stryker and Charlton Heston is the result of chance… ahem.

God loves, man kills” is a work of worship recommended not only to comic lovers but also to any reader interested in political, ethical and philosophical debates about freedom and its limits. It tells us that in this life nothing is certain, there’s no irrefutable truth, except maybe that Magneto was right and that Chris Claremont is God.

by Jöse Sénder, Nerd

This review was originally published in the Spanish website Batseñales. Go visit them!